domingo, 9 de agosto de 2009

"Soledad"


Soledad, poco atractiva, nunca buscó novio y nunca tuvo uno,
ha recibido besos de sus amigos y de tres desconocidos pero nada más. Logró
hacer dos veces el amor antes de sentirse despechada por buscarlo y es que, ella
decía en confidencia a sus amigas, Fue de otro mundo, de otro tiempo, con una
amarga sonrisa. Vive en un departamento alquilado, en el centro de la ciudad y
no recibiría nunca visitas si no fuese por la persistencia de su madre, quien
siempre insistirá en que viva con ella de nuevo.
La tarde de anaranjadas
nubes y los bordes montañosos resplandecientes, antes de caer el sol; antes de
la oscuridad total, son los que testifican la soledad de Soledad y de sus
suspiros que empañaban ligeramente el cristal, ellos la amaban y ella se sentía
amada por éstos hasta el punto de ser inspiradores de los momentos de mayor
placer en su sofá cama.
Aquella tarde que estaría cubierta de nubes, y sin
ninguna esperanza de encontrar más amantes, Soledad descubrió una carta en sobre
verde debajo de su puerta, Verde esperanza, ¡Ja!, se dijo mientras abría la
carta que sería causa de furor más que cualquier atardecer y cualquier
resplandor.
Notó sin sobresalto que estaba excitada, que le prendían las
carnes, que se sofocaba de imágenes y deseos, sintió el empujón a lo inevitable;
la humedad en su ropa interior, la sensibilidad de sus pezones, pero lo que
realmente hizo implosionar sus entrañas fue haberse llevado a la nariz el sobre
verde esperanza, el cual traía un olor a virilidad que perturbó con la primera
inhalada a la joven desaforada.



“Soledad…
Entraré; perturbaré las entrañas que mal escondes despojándote
del
deleznable pudor que viste tu piel, desnuda, de dorados sacramentos
terrenales y
verteré en el centro de tu gravedad el líquido que contiene
miles de yoes.
Dominaré cada uno de tus malogrados sentidos enseñándoles el
camino hacia la
redención, quitándote los deseos de seguir viva para tu
entendimiento sobre la
necesidad de una resurrección.
Haré una
genuflexión; ante los alborozados
aromas que te cercan, dentro de una
penetrable cúpula de placer, ante el cuerpo
desnudo que me mira anonadado de
concupiscencia, amoratado de deseo pecaminoso,
ante las suplicas divinas que
solo tú, niña, bordeando el clímax puedes hacer.
Posaré mis dedos, cual
halcones, en el punto exacto donde me señalen los
destellos azules de tus
ojos indulgentes, hacedores de milagrosos milagros.”


Encendióse entonces una pequeña hoguera en cada célula de su estremecido
cuerpo. Pretendió releer la carta, mojigatamente con afán de calmar su
furor,
pero ya era tarde.
Ya desnuda y sobre su espalda, con las luces
de la ciudad
vistiendo someramente su cuerpo idealizó que no era la primera
vez que llegaba a
un orgasmo sin otra compañía que el prostituido pudor,
pero sí era la primera
vez que lo hacía con amor propio, ¡Ja!, se dijo al
pensar esto y quedó
completamente dormida.
El incendió que se desató en
el departamento de
Soledad consumiría hasta el último vestigio de decencia e
invadiría el lugar una
legión carmesí de sensaciones y olores llevándola a
un paraíso hiriente de
placeres eternos y de dulces constantes muertes.
un pequeño texto, ojalá lo disfruten..
Leo Salas Z.

1 comentario:

leo dijo...

aun fabricas insominos mi querida Soledad.... aun ruge tu verbo al aroma de mi cuello?