jueves, 14 de noviembre de 2013

Un buitre viene caminando sobre la moldura de la ventana panorámica del octavo piso, lugar donde trabajo, y se detiene a observarme como si quisiera invitarme a algo



Leo Salas Z.
      Siento que me observan y clavan su mirada en mi cuello, mis manos, mi hombro, mis piernas. Quizá sea alguien que está en la puerta. Regreso a ver rápidamente, como para sorprenderlo, pero el espacio está tan vacío como cuando llegué. 
Continúo escribiendo un reporte, unos comunicados, un boletín y hasta un poema, pero nada me quita la sensación de que me miran. Hoy nadie ha venido a la oficina y tampoco avisaron que nadie vendrá.
      El vidrio suena como si alguien, desde la calle, lanzara una pequeña piedra a la ventana de tu casa para que abras la puerta cuando no encuentran el timbre. Que puedan lanzar con gran precisión una piedra ocho pisos arriba es absurdo, pero no pierdo nada si salgo a ver por la ventana, es entonces cuando lo veo.
      No sé cuánto tiempo lleva observándome a través del vidrio ese buitre y menos aún por qué lo hace. ¿Qué hay en mí para hacer que un animal carroñero esté inmóvil analizándome? Pareciera como si estuviera al asecho de algo podrido y muerto, que a pesar de que ya es presa fácil, aún existe el riesgo de que despierte y escape; solo aguarda a que la delicia del sabor que encontrará se concentre más, de que esté bien muerto.
      Ya no puedo retomar la concentración. Lo que estaba haciendo quedará inconcluso. Solo pienso en la historia extravagante que les contaré a mis amigos cuando los vea. “Un buitre viene caminando sobre el la moldura de la ventana panorámica del octavo piso, lugar donde trabajo, y se detiene a observarme como si quisiera invitarme a algo.”
Ellos empezarán las bromas como que apesto o como que luzco peor que un muerto o quizá digan que no debo estar tanto tiempo encerrado y solitario en esa oficina a la que nadie va porque los buitres empiezan a sentir afecto por mí… y cosas por el estilo que quedarán en el olvido junto a otras que he olvidado a propósito.
      Quiero averiguar por qué esa ave negra me mira de esa manera. De una forma inexplicable quiero que se quede ahí y yo no quiero moverme, no quiero quedarme solo.
      Con mucho esfuerzo, pero sobre todo con voluntad, logro moverme de la silla y sin dejar de verlo, retrocedo lentamente. Mi atención permanece tan concentrada sobre el ave que cuando mi cuerpo empieza a llegar por partes tras cada movimiento, no me percato de ello: primero mi torso se desliza un poco, tras un pequeño intervalo llegan mis piernas, mis brazos, mi cabeza, como si todo yo flameara en una estado físico donde la desintegración y reintegración fuesen leyes para poder desplazarme.
       La mirada del buitre no cambia de dirección mientras me alejo del lugar dónde estaba, es más, pareciera que se ha hecho más profunda, más decidida. Su mirada parece taladrar el vidrio detrás de donde se encuentra y caer sobre el sitio donde siempre estuvo fija.
      Me río de la divagación en la que he entrado, supongo que el buitre estará viendo su reflejo en el cristal y por eso se ha quedado tan pasmado ahí. La mayoría de animales no reconocen su reflejo, quizá éste sea uno de ellos. Y cuando estoy a punto de regresar a mi silla tras una extraña sensación de completitud, el buitre se lanza contra el vidrio de manera tan violenta que provoca un estruendo al interior de la oficina. Con sus garras intenta raspar el vidrio, con su cabeza romper la frontera que no le deja avanzar en su camino. De pronto el ave carroñera se ha convertido en un feroz predador que se proyecta una y otra vez sobre la ventana dejar de ver el punto fijo. Me quedo atónito por el daño que se hace: en el vidrio empiezan a aparecer manchas de sangre debido a la violencia de sus ataques.
       El buitre se lanza al vacío y luego se eleva en la lejanía para dirigirse veloz nuevamente sobre la ventana. Me da lástima de él porque sé que su cráneo va a explotar cuando llegue a impactar un grueso vidrio a tal velocidad. Pero contrario a todo cuanto pueda sonar lógico, la cabeza del ave rebota que junto al cuerpo, cae al vació para elevarse y volver a realizar la misma maniobra.
      Ahora la diferencia está en que lo que parecían rasguños y golpes inútiles han sentido el cristal de tal manera que empieza a trisarse y las líneas de una inminente ruptura por donde se filtra la sangre alimentada con carroña, crecen hasta detenerse en los bordes de la ventana mientras el animal más desaforado aún, sigue atacando.

      Al anochecer, los jefes llegan a la oficina y se sorprenden de ver la puerta abierta y las luces prendidas. Reconocen inmediatamente al cuerpo dormido con sus brazos cruzados sobre el teclado de la computadora y la cabeza caída sobre estos. Se acercan hacia él para decirle que ya es tarde y que puede irse, pero se detienen cuando ven que desde la oscuridad pintada detrás de la ventana, hay a dos buitres que yacen estáticos, clavando sobre ellos, sus miradas.

domingo, 11 de agosto de 2013

Derrame Lunar

Derrame Lunar 

por: Leo Salas Z
texto leído en el Bukowski, 
viernes 9 de agosto 2013



El dolor que nubla nuestra visión y convierte al otro en el espejo roto que devuelve la imagen deforme de nosotros mismos, se apodera del día; calles que vacías con tu ausencia son espacios donde proyectiles son lanzados desde ventanas en las que imagino cazas, la soledad arrulla con sus maternales brazos, acunan los excesos.Voy lento por una de esas calles estrechas que le permiten a mi destino encontrar aquel  cuerpo, pasos que acortan la distancia van acompasados al cúmulo de pensamientos desbordantes,  culpa de los sentidos arrobados de la abundancia impulsiva de abarcar demasiado a la vez; me nutro de los detalles, del aroma que antecede al encuentro, de la amabilidad de sus ojos negros que por un instante conservan mi rostro esos pequeños espejos húmedos.Enlaza mis manos con sus dedos  y se apodera de mi voluntad porque sabe que cuando la luz nocturna roza apenas la penumbra del bosque, es momento de iniciar el rito para el que hemos nacido. Ella irrumpe la vida miles de kilómetros lejos de mi cuna, pero trazamos sincronizados el camino que nos junta dejándonos acosar por la luna, disecando mariposas para intentar con sus alas alcanzar las estrellas, pidiendo a Dios dejar atrás la furiosa búsqueda de nosotros mismos en cuerpos ajenos.Sumergirse en ella y explorarla hasta los confines de una tierra que se expande, inicia la ceremonia nocturna, aunque  también puede ser el método práctico para engañar a la desazón que concede una existencia asilada y repetitiva; no hay duda que existen fuerzas que rigen el universo, una ley sempiterna que conecta todo, juntos somos el eslabón que une dos mundos: la fuente de la que surgimos y la sinapsis sideral en la que desembocamos.Después, sus ojos resplandecen, son el albergue de un manojo de estrellas arrancadas del cielo; estamos tan próximos como pueden estar dos amantes, subidos en el péndulo de la vida, oscilando como solo el animal humano puede hacerlo cuando se entrega enteramente al placer.Y desbordado de estrellas perdidas, su cuerpo es el espejo cóncavo que retuerce todo el universo, manto de infinitas capas de tinieblas; y yo, cincelado apenas sobre la oscuridad del bosque, me sumerjo en el sendero  láctico de la vida para recordar el relato de la historia del mundo, de los ángeles malditos, de las amantes de Dios perdidas en páginas quemadas por mojes celosos.Ella permanece quieta sobre la tierra, su piel se hiende en poros que acumulan millones de semillas incompletas y con flagelos se riegan desesperadas por su cuello y descienden como magma bautizándola entera mientras se ella descomprime y aguarda…aguarda… aguarda mientras altera su vuelo gravitacional para quedarse un momento más cerca de mi alma.La luna disimula indiferencia pero se acerca mansamente hacia nosotros, danza como una luciérnaga cerca de los árboles, desaparece por aquí y aparece por allá, mira su reflejo en el lago, busca a las demás, se acerca, encuentra alimento en los gemidos animal herida a punto de morir en el placer de la vida. Se entierra en sus ojos tras abandonarse a la trampa en que ha caído todo.Sin alma, ya no hay más que ser humano, observador simple y diminuto, ajeno al peso del cuerpo que se monta sobre nosotros, ajeno a las uñas que afianzan la posición de sacerdotisa y dejan marcas en mi espalda donde se mezcla sangre y sudor.Mueve despacio su cuerpo y acerca su boca levemente abierta hacia mi rostro,  de ella cae una bruma pesada que me envuelve y aísla de todo. Y sin ver nada más que una nube que me cubre, me desprendo del suelo sin siquiera mover mi cuerpo, y todas aquellas mariposas disecadas sincronizan el vuelo y me conducen hacia el firmamento, la luna escolta mi llegada y desde arriba veo como ella, como  reverencia, abandona para siempre mi cuerpo.

lunes, 28 de enero de 2013

Redoma Vacía



Desde la ventana, rectángulo eléctrico de luz pálida, los veo sentados en las aceras, arrimados a los árboles; otros, yacen heridos de sueño sobre el césped y el resto, subidos en el tren del apremio, se desvanecen. La noche se desintegra junto a luces y chispas dentro de la neblina que recorre como sangre las venas asfaltadas de la ciudad. Todos ellos son nadie, y son todos a la vez; la fuerza inmensa de energía ebria que bien podría algún Dios. Mientras el alcohol los posee, van cayendo en cuenta de su individualidad, de su soledad, del miedo; y esta dinámica servil es lo que a otros como yo nos mantiene sentados en el alfeizar de la ventana eléctrica de un hotel, viendo trascurrir esta payasada: vivir.
El hombre al que pertenecía el cuerpo inerte reposando aún tibio sobre la cama, experimentó formas de soledad en su vida que cavaron fondo en su ser con palas cortantes en busca de un interior asustado, marcado la violencia de sus otros; sus músculos, paulatinamente, quedaron pasmados; el rostro, amortiguado; los ojos, ciegos; la boca, muda…; cada sentido se le reveló y, una vez sobrestimados, tuvieron la convicción de que ellos eran quienes encadenaban su alma; él decidió liberarse para siempre en el cuarto silencioso del rectángulo eléctrico.
Dentro de este sitio, como máquina que inmortaliza pensamientos, persisten las miradas de aquellos ángeles de la guarda desempleados, pertenecientes a los que sucumbieron ante la idea de un solo dolor; sus miradas celestiales buscan, entre los restos de miedo que quedan dispersos en la noche y el vacío, interceder por quién clama con suma urgencia su ayuda, otra oportunidad, otra alternativa o, incluso, la posibilidad del arrepentimiento; pero no es más que una dulce vibración hermetizada en el sitio.
El ruido sordo que provoca la cerradura al girarse no altera en nada el panorama del lugar, pero sí la luz mortecina que desaloja la penumbra a excepción de ese espacio constituido por las dos sombras dibujadas sobre las sábanas blancas cubriendo mi cuerpo muerto. Si mi madre viera la escena como yo, pensaría que duermo plácidamente y, sin siquiera pensar en la muerte, esbozaría una sonrisa compartida solo con el silencio, cerraría la puerta complacida.
Pero la vida no está en el cuerpo y el cuerpo está lejos de casa, así que ninguna de las personas que entran en la habitación es madre.
Uno de ellos se dirige al velador y comprueba la vacuidad de la redoma, hace un gesto suave con la cabeza. El otro hace una reverencia ante el cuerpo. Ambos lo envuelven entre las sábanas con la delicadeza de quien arropa a un ser querido. La seguridad de sus movimientos y la soltura al manipular el cuerpo delatan el hábito y la frecuencia de hacerlo. En poco tiempo tienen el cadáver listo y lo sacan de la habitación. Impulsado por la costumbre de seguir siempre al cuerpo, una parte de mí sale con ellos y la otra se queda formando parte de la colección de miradas. Tras esto, una mujer entra y enciende una vela a los pies de un crucifijo, mientras tararea una canción sacra que opaca por mucho el ruido de la calle dentro de la habitación, pone nuevas sábanas y deja el lugar listo para la próxima liberación. Al salir, cierra la puerta y después de un momento, el rectángulo eléctrico de la ventana se apaga. Por detrás del manto oscuro que esconde esta habitación se asfixia una ciudad en vapores de enfermiza simpatía.
Leo Salas Z